De la mayéutica a la inteligencia artificial

¿Puede la inteligencia artificial ayudarnos a pensar mejor en lugar de limitarse a responder por nosotros? En “De la mayéutica a la inteligencia artificial”, Joaquín Baena Arévalo recupera el antiguo método socrático de aprender mediante preguntas para reflexionar sobre uno de los grandes desafíos de la educación contemporánea: cómo incorporar la inteligencia artificial sin sustituir el pensamiento, la argumentación y la capacidad crítica del ser humano. El autor propone superar una relación pasiva con estas tecnologías —centrada en pedir respuestas— y explorar su potencial como herramienta para preguntar, contrapreguntar, contrastar, definir conceptos, verificar información y construir conocimiento. La reflexión plantea así un cambio de perspectiva: avanzar de la inteligencia artificial de las respuestas a la inteligencia artificial de las preguntas, manteniendo en el centro a la persona que duda, interpreta y finalmente decide. Desde Pensamiento COLOMB-IA, compartimos este artículo como una contribución al debate sobre educación, pensamiento crítico y uso responsable de la inteligencia artificial.

EDUCACIÓN Y TALENTOSOCIEDAD Y CULTURA

Por Joaquín Baena Arévalo

8/18/20263 min leer

Hace más de dos mil años, Sócrates enseñaba sin computadores, sin internet y, por supuesto, sin inteligencia artificial. Su principal herramienta era mucho más sencilla: la pregunta. Preguntaba, volvía a preguntar, cuestionaba las respuestas y llevaba a su interlocutor a descubrir que muchas veces utilizamos conceptos que realmente no comprendemos. Ese procedimiento quedó en la historia como la mayéutica.

La inteligencia artificial puede convertirse, curiosamente, en una formidable herramienta para recuperar ese viejo método. El problema aparece cuando el estudiante simplemente escribe: “hazme la tarea”, o “dame la respuesta”. En ese momento delega precisamente aquello que debería ejercitar: pensar, relacionar, argumentar y construir conocimiento. La OCDE advierte que descargar excesivamente el esfuerzo cognitivo en herramientas de IA puede favorecer una suerte de “pereza metacognitiva”; pero también señala que, utilizadas con intención pedagógica, estas herramientas pueden enriquecer considerablemente el aprendizaje. (OECD⁠)

Por eso la discusión educativa no debería reducirse a si permitimos o prohibimos la inteligencia artificial. Necesitamos algo mucho más importante: enseñar a utilizarla. UNESCO insiste igualmente en una incorporación de la IA a la educación centrada en el ser humano, el pensamiento crítico y el fortalecimiento del aprendizaje, no en la sustitución de la capacidad intelectual del estudiante. (UNESCO⁠)

Pensemos en un ejemplo muy sencillo. Un estudiante escribe: “esa decisión fue justa”. En lugar de pedirle a la inteligencia artificial que redacte un ensayo sobre la justicia, podría comenzar a interrogarla: ¿qué significa “justa”?, ¿justa para quién?, ¿justicia e igualdad significan lo mismo?, ¿algo puede ser legal y al mismo tiempo injusto?, ¿qué dirían distintas corrientes filosóficas sobre esa afirmación?

Eso es mayéutica aplicada a la inteligencia artificial.

Lo mismo puede hacerse con palabras aparentemente elementales. ¿Qué significa “explícito”? ¿Qué significa “implícito”? Dame un ejemplo. Ahora un contraejemplo. Muéstrame cuándo estoy utilizando incorrectamente esas palabras. Explícamelo como si tuviera diez años. Relaciónalas ahora con un texto concreto. Entonces la IA deja de ser una máquina dispensadora de respuestas y se convierte en una herramienta de interrogación y aprendizaje.

Tiene además otra enorme ventaja educativa: no produce vergüenza preguntar. Muchos estudiantes permanecen callados frente al profesor porque temen que su pregunta parezca ingenua. Ante la inteligencia artificial pueden preguntar veinte veces lo mismo, solicitar otra explicación, pedir ejemplos y reconocer tranquilamente: “todavía no lo entiendo”. Esa posibilidad, utilizada correctamente, puede democratizar enormemente el acceso al conocimiento.

Por supuesto, la inteligencia artificial tampoco es infalible. Puede equivocarse, reproducir sesgos y presentar como verdadera una información que no lo es. Precisamente por eso necesitamos enseñar también a contrastar, comprobar, verificar y dudar. El pensamiento crítico no desaparece con la IA: se vuelve todavía más necesario.

De allí también la importancia de avanzar simultáneamente en ética, regulación, transparencia y formación. En Colombia ya existe la Cámara Colombiana de Inteligencia Artificial — COLOMB-IA, que participa en la construcción y discusión del ecosistema nacional de inteligencia artificial. Instituciones de esta naturaleza pueden desempeñar un papel importante en la articulación entre academia, empresas, Estado y ciudadanía alrededor de buenas prácticas y desarrollo responsable de estas tecnologías. (Colomb-IA⁠)

Ninguna tecnología ha eliminado la necesidad del ser humano. La calculadora no eliminó al matemático, internet no eliminó al investigador y el teléfono inteligente no eliminó nuestra capacidad de comunicarnos. Cada herramienta transforma determinadas tareas. La inteligencia artificial hará exactamente eso, aunque probablemente con una profundidad mucho mayor.

Por eso tampoco comparto inevitablemente la idea de que la IA vaya a atrofiar el cerebro humano. El cerebro puede empobrecerse con inteligencia artificial o sin ella cuando dejamos de leer, preguntar, analizar y discutir. Pero una herramienta que nos permita preguntar, contrapreguntar, comparar, definir, confrontar argumentos y verificar información también puede convertirse en un extraordinario estímulo intelectual.

El desafío está entonces en pasar de la inteligencia artificial de las respuestas a la inteligencia artificial de las preguntas.

Quizá la gran revolución educativa no consista en tener una máquina capaz de responderlo casi todo, sino en disponer de una herramienta que nos permita preguntar casi indefinidamente. En ese momento habremos recorrido un extraordinario camino histórico: de la mayéutica de Sócrates a la inteligencia artificial, pero conservando en el centro aquello que ninguna tecnología debería sustituir: el ser humano que pregunta, duda, interpreta y finalmente decide.